El fantasma dulce…
Dulce de mi conciencia agria
Reaparece en los instantes floridos.
Floridos de una vida misma.
De una muerte misma.
No somos más que el pasado hecho piel.
Con su azotador clamor.
No somos más que labios fundidos al sol.
Una esperanza…
Que se esfuma y aparece.
El fantasma dulce…
De una mente sin recuerdos.
De un instante sin sombra.
Y un óleo sin pintar.
Entre esa confusión poco exacta…
Vivimos atados…
De pies y manos lánguidas.
Vivas, altaneras que luchan por el amor.
Un fantasma tan especial…
El fantasma de los ojos verde…
Y estatura Peter Pan.
Rondando mis sueños.
Cubriéndolos con alegrías.
Y agria compañía.
En una bola de cristal.
Asemejándose a la luna….
Destellando como una estrella.
Besándome las pupilas…
Y entre ellas estremeciendo mi cintura.
Un abrazo de amargura esperanza…
Que desafía el tiempo…
Y irónicamente no es una despedida.
Lo puedo encontrar atravesando una calle,
Recogiendo hojas de los árboles…
O en plena luz del día.
El fantasma de los ojos verdes…
Visito mi vida…
Una suave, dulce compañía.
Estremeciéndonos, guardándolos.
El eco de la vida nos alejo.
Y el cuento de hadas….
No fue más que una caja vacía.
Recordando tus ojos a la luz…
De las velas…
O al tocar de la iglesia.
Recogiendo una flor blanca…
Que diga amor.
Ojos fantasmales y de divino coraje.
Tus manos dibujaban un horizonte,
Un paraíso perdido.
Tus manos creaban cimientos…
Que eran sueños…
“Yo pensé olvidos.”
El fantasma de los ojos verdes…
Cerró mis gestos.
Los cellos en versos.
Caminado, corriendo, salando.
Aproximándonos al eco perpetuo.
De fantasmales gestos.
Diciendo hola y en un reverso adiós.
Para callar cuanto sentimos…
Cuanto vivimos.
Y hoy yo escribiendo una carta.
La cual no es el comienzo…
Ni es el adiós.
De nuestro cuento.
Más no es más no es.
La prueba de ese sentimiento.
Donde me veras enredada…
En tus mismos versos

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